viernes, 5 de diciembre de 2008

devenir y tuberculosis

si siguiera haciendo las mismas cosas que hacia hace 10 años creo que sería un recuerdo

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Fragmento XI - XXIV

“dame tus manos siente las mías, como dos ciegos”
Roque Narvaja


Creo que lo pensé apenas abrí lo ojos: quiero sobrevivir a mis fantasías. Antes de entrar a la ducha escribí en mi libreta de frases celebres: quiero sobrevivir a mis fantasías. No sé si lo escuche, no sé alguien lo dijo en alguna revista o si forma parte del guión de una película, no sé si alguien lo pensó antes de que apareciera en mi mente, sólo sé que quiero sobrevivir a mis fantasías.
Es un día como cualquier otro en Villa Alemana, en casa todos han realizado sus rituales cotidianos. En mi vida la rutina consiste en no planificar nada, pero a la vez me he acostumbrado a hacerles creer que tengo una rutina estrictamente diseñada, así que por las calles de mi vida voy mezclando la verdad y la mentira como dice la canción, ya saben: levantarse temprano, acudir a la universidad, regresar agotado al atardecer y acostarme a una hora decente. Una imagen bien organizada, acorde con la vida de una joven de clase media que se esfuerza por ser alguien en la sociedad. Pero la verdad es otra, suelo levantarme bien entrada la mañana casi empezando la tarde y acostumbro excusarme con frases como “hoy el profesor no ira”; luego viajo a Valparaíso para refugiarme en alguna playa donde fumo y me invento fantasías de alguna otra vida y sólo cuando regreso a casa me acuerdo de lo solo que estoy. Así es mi vida, qué voy hacer si ella me eligió, diría otra canción
Pero ya les dije quiero sobrevivir a mis fantasías. Hoy es un día distinto, me he levantado temprano, tengo muchas cosas que hacer. Hoy nos conoceremos, por eso no he dejado ningún detalle a la deriva. Mientras las derrotas de la humanidad se mantienen intactas como ayer, yo planeo dar un golpe preciso y certero que sacuda mi vida.
Ansioso, desesperado, recogiendo las hojas del árbol caído, voy al velador saco el clonazepan, repito mis parlamentos, me peino, calculo mis tiempos, repaso los temas más importantes para una conversación perfecta, guardo las llaves y recuerdo la primera vez que me sentí bien.
En la eterna estación del tren de Quilpue, donde pululan acaloradas parejas y viejos borrachos que violan con sus rancias miradas a las colegialas, me senté a esperar el bus con destino a Santiago, durante los quince minutos subsiguientes revise compulsivamente cada detalle. No viajo en bus nunca, desconozco Santiago. Hundí el dedo en el botón de play y me hundí un track que duro dos horas. Compulsivamente recorrí todas los mp3 compartidos, las confidencias familiares, las mentiras, las ilusiones, los celos, las letras, los impulsos y la narración que les estoy contando. Un perro se atravesó frente al bus, repentinamente pensé en el fracaso, en lo fascinante de algunas armas, en los finales posibles y en una pistola.