Vivir en un lugar que no se nació es como ocupar un cuerpo ajeno, nunca antes deseado destinado a hacer la voluntad de otros. Ese cuerpo es la biografía anónima previamente elaborada por la inconciencia histórica para un sujeto que sin quererlo debió despreciar el suelo donde lo parieron. Según se escriba la historia el cuerpo de aquel sujeto se vestirá de obrero, empleada, prostituta, ladrón o borracho, lo único claro hasta el momento será su inferioridad.
El impulso esperanzado de los primeros pasos se esfumara en volutas de humo que no se llevarán sus preocupaciones, sólo postergarán para mañana la sensación de la tripa pegada a la panza y el llanto de la cría que es su fracaso reflejado.
Así las quejas silentes de ese sujeto ajeno se empiezan a ahogar en un vaso vacío del vino más barato para luego gritar con azotes en el culo de su hijo, quien sabe que bajarse los pantalones al final del día es lo único posible antes de dormir porque las humillaciones de sus compañeros se lo dijeron a primera hora de la gélida mañana, porque su uniforme es una piltrafa, porque la televisión le (de) mostró que nadie vive como él.
La angustia hierve en esas venas alcoholizadas cuando todo lo que entre montes, vacas y mariscos lo hacían reír en la gris ciudad se convierte en malas costumbres, sólo dignas de ser ocupadas para descargar sacos en el muelle o para ser empleadas en la casa de alguna familia arribista, en fin la rasca marca heredada del suelo nativo.
El impulso esperanzado de los primeros pasos se esfumara en volutas de humo que no se llevarán sus preocupaciones, sólo postergarán para mañana la sensación de la tripa pegada a la panza y el llanto de la cría que es su fracaso reflejado.
Así las quejas silentes de ese sujeto ajeno se empiezan a ahogar en un vaso vacío del vino más barato para luego gritar con azotes en el culo de su hijo, quien sabe que bajarse los pantalones al final del día es lo único posible antes de dormir porque las humillaciones de sus compañeros se lo dijeron a primera hora de la gélida mañana, porque su uniforme es una piltrafa, porque la televisión le (de) mostró que nadie vive como él.
La angustia hierve en esas venas alcoholizadas cuando todo lo que entre montes, vacas y mariscos lo hacían reír en la gris ciudad se convierte en malas costumbres, sólo dignas de ser ocupadas para descargar sacos en el muelle o para ser empleadas en la casa de alguna familia arribista, en fin la rasca marca heredada del suelo nativo.
